Me gusta asomarme a la ventana, descubro siempre un mundo que, a veces, pasa desapercibido.
Es curioso observar la luz tamizada que llega a través de la ventana, y arroparme con una buena lectura mientras se atenua la luz cada día.
Hace poco leí un libro que me gustó mucho, ya os he hablado de él en esta entrada.
Sentí mucha ternura hacia la madre de la protagonista de la novela porque...
"Mi madre huía por la ventana muchas veces al día. No sé dónde iba o dónde le hubiera gustado ir, pero así mirando a través del cristal al descampado de enfrente -ni siquiera tenía un lugar bonito donde poner la vista- huía a cada rato..."
" Eran huidas breves, pequeñas dosis de huída, tragos cortos de semi libertad, lo único que podía concederse, lo que tenía a mano.
Una ventana y al otro lado la luna, las tres estrellas que las luces de la carretera no habían conseguido apagar, las ramas de las esqueléticas acacias moviéndose con el viento, remolinos de polvo, nubes de pequeños mosquitos, franjas de sol, la luz roja y morada del atardecer, la luna. Todo eso le servía de alimento, de punto de apoyo para escapar."
"Así me aficioné yo también a las ventanas, a escaparme mirando y a proteger con codazos mis huidas."
Primer Párrafo. Paloma Mozo San Juan
Y termino con una frase de una de mis escritoras favoritas y que le tengo un especial cariño.
“Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos.”
Carmen Martín Gaite
















