Comienza el mes de febrero, y ya media el invierno, un invierno particularmente frío, lluvioso y ventoso... como los de antaño, aunque mis mayores dicen que ni aún así se le parece.
Aunque vivo en la ciudad, suelo fijarme en los árboles que me encuentro en mi paseo diario. La mayoría tienen sus ramas desnudas, delgadas y retorcidas, pero, en ciertas ramas aún se sostienen algunas hojas ya marchitas, solitarias... han vencido, de momento, las incansables lluvias, las incipientes nevadas e incluso, los fuertes vientos.
"El árbol"
Miro el árbol bañado por el sol. Miro sus ramas, sus hojas, cómo sus raíces salen de la tierra. Amanece y nada parece acabar nunca. Todo desde su principio: el viento, el pájaro pequeño que me mira desde el árbol, la hierba que crece alrededor. Acerco mi mano hacia la luz del sol entre las ramas. Es como si pudiera acariciarlo. Me quedo detenida bajo el árbol. Todo cabe en esa luz atravesando las hojas. Todo cabe. Todo cabe en mis dedos. Mi nombre, de repente. Mi corazón, de repente. Hermoso árbol que no conoce la noche, cuida de mí.
Marta López Vilar (El Gran Bosque)




























