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viernes, 4 de noviembre de 2022

EQUILIBRIO

 



Terminé el día con el corazón roto, recogí los pequeños fragmentos y los coloqué con cuidado en un rincón de la vieja cómoda de mi dormitorio. Las heridas hay que protegerlas y tratar de sanarlas; aunque alguna vez, escuché que cuando algo se rompe y se repara, no sigue siendo el mismo objeto.

 
Antes de dormir, abrí la página del libro que me sostenía durante las solitarias noches de aquellos momentos y leí: “el kintsugi es la práctica de reparar fracturas de la cerámica con barniz o resina espolvoreada con oro”. El eco de esta lectura resonó en mis sueños aquella noche, kintsugi el arte de reponerse y de mostrar las cicatrices de forma extraordinariamente bella.
 
Amanecí al día siguiente con la idea de aliviar la tristeza, y con el único propósito de recomponer mi pequeño y ajado corazón hecho pedazos. Para esta misión, que se me antojó casi imposible, me calcé mis esparteñas, con ellas mantendría el equilibrio perfecto y como si de un mantra se tratara empecé a bailar y cantar con mucha calma y quietud aquella canción de Cohen que dice “hay una grieta -una grieta- en todas las cosas. Así es como entra la luz”.



 
Al levantar la persiana, los rayos del sol iluminaron las fisuras de mi transformado corazón, aquellas grietas doradas brillaban ahora con más energía y valor. Sentí unos enormes deseos de abrazar a mi madre, así que salí con mi sonrisa puesta y con mi renovado corazón, aún si cabe más bello y hermoso por el polvo de oro que contenían mis cicatrices.
 
Ya en la calle, me di cuenta por vez primera, que otros tantos corazones lucían esplendorosas fracturas doradas, y no pude evitar saludarles con mi mejor atención. Y es que todos los corazones tienen una larga historia que contar.
 

(Relato perteneciente a la propuesta: Equilibrio de “Variétés”)


Gracias, Gin, por todo.  

miércoles, 1 de septiembre de 2021

LEYENDA DE LA DAMA DE LA CASA DE LA PIRRA

 


Hace mucho tiempo, me contaron que en la Villa vivía una bellísima dama que cada anochecer, cuando la brillante luna asomaba curiosa sobre el cielo crepuscular y decidía jugar al escondite sombreando las fachadas entre las esquivas esquinas, ella encendía la vela de su  pequeño farol forjado a golpe y fuego y, encaramada, con sutil elegancia en lo alto de su balcón, lo balanceaba suave y quedamente, esperando, con honda emoción y  deseo contenido, el vaivén de la candela que desde el esquinado balcón, dos calles más allá, prendía el corazón enamorado de aquel muchacho que habitaba en la casa que llamaban del “Caballero del Verde Gabán”.



Una oscura y fatídica noche de frío invernal, el código luminario de los dos enamorados titilaba tristeza, a pesar de los ondulados abrazos, besos, retahílas de suspiros y “te amos” marcados por la lenta cadencia con la que mecían la lamparilla, tan cercanos como distantes estaban los balcones desde donde entablaban su enigmática y peculiar plática. Esa misma noche, el diálogo secreto refulgía una inminente y aciaga despedida, eso sí, con la imperiosa promesa de un ansiado regreso y ante todo, el ineludible juramento de amor eterno que debiera acabar, felizmente, en el deseado e ilusionante compromiso matrimonial. 




Se ignora el motivo de la extraña ausencia del muchacho, al menos, a mí nunca me lo han contado. Pero sí puedo referir el triste final de aquella hermosa joven que se asomaba al balcón cada anochecer, esperando vislumbrar  el balanceo de la luz del farol del ausente amado, y lo puedo contar porque cuando camino por las calles empedradas de Villanueva de los Infantes, con el paso calmo y pausado, al compás del inexorable transcurso del tiempo sosegado, observo y escucho el rumor silencioso de las vetustas piedras, de las fachadas blasonadas, de las antiguas casas señoriales, de los anchurosos  patios y de los singulares rincones históricos que contienen una y mil historias pasadas, leyendas  que,  a veces, sobrevuelan levantando el tupido y misterioso velo de la memoria.



Al terminar la jornada, como cada anochecer hacía ya muchos días, la dama de la Casa de la Pirra, que pasaba la tarde en un rincón del patio cosiendo y soñando fugaces retornos, envolvía con primoroso cuidado la labor bordada con hilos de suspiros y lamentos, porque el eco de la ausencia del muchacho era un rumor que estremecía lo más recóndito de su corazón. Y volvía a encender la vela, tenue luz, discreta y prudente que acogía la íntima y agónica confidencia de la muchacha que volvía a mirar, enamorada, a través de los cristales de la ventana del balcón.

Pasó la lluviosa primavera tiñendo los campos manchegos de tonalidades ocres y rojizas. Llegó el verano pintando con un intenso color verde las pámpanas de los viñedos, y las hojas de los olivos. El otoñó desnudó la tierra para que el invierno la cubriera con un manto gélido y helador. Y así transcurría el tiempo.


 
Acaeció en una noche de frío invierno, cuando la luna flotaba rota entre las tinieblas, y la afligida lamparilla derramaba una descolorida claridad sobre el umbral de la habitación donde yacía el hermoso cuerpo sin vida de la mujer que jamás apagó la llama del amor.  


Pasaron los años, los siglos y dicen que el ánima de la dama sigue prendiendo la luz cada noche en el balcón esquinado de la Casa de la Pirra, y yo lo creo, porque encaramado en lo alto de un sencillo dintel, cuelga todavía un pequeño farol forjado a golpe y fuego.

 ©Maite Lorenzo Molina

 


Balcón esquinado de la Casa de la Pirra


Fachada de la Casa del Caballero del Verde Gabán

Este escrito está basado en un cometario que escuché durante una visita cultural a uno de los patios más emblemáticos de mi pueblo: La casa de la Pirra. 
Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.


Con este relato participo en la revista que organiza La Orden Literaria Francisco de Quevedo.